Carmen se ha tomado un café y se dirige a trabajar. Es modelo y posa desnuda para nosotros en la clase de dibujo de figura humana. Es un trabajo como cualquier otro, dice mientras se desviste, dobla cuidadosamente su ropa y la coloca en un banquito.
Muchos me han dicho que no gustan de dibujar a Carmen: que es vieja, fofa y fea. A mì me gusta la picardìa serena que tiene en las apagadas brasas de sus ojos y la entereza con que toma las poses que se le pide y muestra sus pezones duros por el frío, su pubis con depilación imperfecta, sus caderas caídas y fibrosas piernas.
Ahora soy jefa de práctica con Gloria Dunkelberg, mi profesora del ciclo pasado, quien me ha demostrado un amor casi maternal y ahora es mi profesora favorita: me adora.
Me paseo alrededor del chaschás de los carboncillos indicando cómo esbozar los hombros, ubicar la cadera, redondear las piernas y encajar su cuerpo de 7 cabezas según canon.
Escucho los comentarios de los alumnos: les gusta más Alberto, el modelo del promedio anterior. Alto, moreno, fuerte y con una verga poderosa aun en descanso que antes incomodaba a las chicas. Ahora le extrañan, ja!
No tengo nada contra Alberto, al contrario pienso que es un excelente modelo y admiro su cuerpo de perfección griega, pero no concuerdo con que sea mejor que Carmen. Ambos son muy buenos.
Se acaba el tiempo y Carmen vuelve a ubicarse tras el biombo para vestirse. Me despido de ella y Gloria también. Sale del aula, nadie más le dirige la palabra hasta la puerta de la Toulouse.
Enciende un cigarrillo y se va.
Sola.

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