El demonio solía caminar solo, haciendo trastada tras trastada, cubierto de durísimas corazas para protegerse. El demonio había conocido la maldad. El demonio era travieso y quería probarlo todo, quería herir a todos, quería satisfacerse de todo. El demonio quería la muerte por su propia mano como su final. El demonio sabía que no duraría mucho en el Mundo.
El Ángel vivía tranquilo, con su vida pacifista y agradando a todos, manipulando a todos, el Ángel siempre conseguía lo que deseaba. El Ángel era el hijo perfecto, consciente y muy por encima de los demás. Un día el Demonio conoció al Ángel.
Después de las asperezas iniciales (el Demonio y el Ángel decían llamarse de la misma manera) el Ángel y el Demonio congeniaron. El Demonio contaba sus aventuras al Ángel y éste se mostraba interesado. Al Demonio empezó a atraerle mucho el Ángel, veía en él algo más allá de lo que el Ángel aparentaba. El Demonio había querido mostrarse tal cual era, pero dudaba, dudaba. Al Demonio le atormentaba la duda, pero el Demonio debía cuidarse, él sabía que el Ángel no era Ángel, que al primer descuido serían arrancadas sus corazas, sus cuernos y espinas, y el Ángel que no era Ángel descubriría con sorna el interior de ese Demonio que no era Demonio. El interior del Demonio estaba hecho de lengua de feto y alas de mariposa.
El Demonio tenía una herida profundísima que volvía a abrir cada día e intentaba curar cada noche. El Demonio sacrificaba humanos para deshumanizarse, esa sería la única manera de parchar totalmente su herida. El Demonio pensó como alternativa utilizar al Ángel para sanarse. ¿Y si lo sacrificara a él? Pero, si no es Ángel, ¿de qué serviría? Mejor habría de comérselo y al tener el interior de ese Ángel que no era Ángel.. se curaría.
El Ángel se llamaba...
